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Entre frescolas y amables pasteles

El día comenzó con una mañana hermosa, esas mañanas que solo provocan sol, arena y mar, las ojos hinchados me recuerdan mi intento fallido de llegar temprano la noche anterior; abro el grifo del agua y intento ponerme la máscara de todas las mañanas.

La autopista desierta da paso a la velocidad, el cielo se transforma de manera repentina y el sol caribeño se oculta de momento para que seamos abatidos por un momentáneo aguacero.

San Pedro nos da la bienvenida, con las primeras “frías”, en el momento en que pasamos el monumento en honor a los guloyas, a los peloteros y a la caña. El sol se enseña de nuevo y mantiene firme como amo y señor del día.

El parque virtualmente desierto, solo consigue mostrarnos los de siempre, pregoneros y limpia botas, motores que cruzan de un lugar a otros, madres que agarran de la mano a sus pequeños, y la continúa entrada y salida del local de Amable.

Nadie sabe del todo lo que ha pasado, los pasteles de Amable han logrado conseguir que el loca sea visitado los fines de semana (más los domingos que los sábados) por moradores de otras provincias del país, especialmente de la capital.

En comparación a los trascendentales de Doña Chichita en San Cristóbal, un joven de la capital alega que “han perdido sabor, ya no son iguales que antes, pero estos se han mantenido con muy buena calidad” “además tenemos el parque, el malecón y muchos lugares a donde podemos cruzar para comer y beber”.

Empero, a los pregoneros, el flujo de personas no le ha ayudado en su negocio, “ellos vienen aquí compran sus pasteles, traen su bebida y se quedan en el parque o se van a otro sitio, no nos hacen caso”.

El caso de los limpiabotas es otro, “siempre encontramos alguien que nos da algo, pero no por limpiar, todos andan con tenis o chancletas”, explicó uno de los pequeños que merodean el parque en busca de calzados que limpiar.

Otras de las situaciones que han comenzado a presentarse, es que los jovencitos se abalanzan a limpiar los carros parqueados frente al local de Amable y del parque para luego pedir el “menudo” que él cliente le pueda dar.

Estos viajes, que ya son una cotidianidad en el capitaleño, son acompañados de unas cuantas cervezas o ron, para amenizar el viaje, como dirían muchos.

“La cerveza le da un toque al pastel, además que no se puede viajar sin alcohol” comentó uno de los visitantes.

Los pasteles de pollo fueron los más vendidos por un margen de 3 a 1 entre mi estadía de la mañana a la tarde el día del domingo, donde pocos fueron los asistentes en este pueblo que se ha convertido en la atracción de muchos por sus pasteles en hoja.

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