La envidia de la pluma ajena

"José Saramago y Pilar del Río"
En estos tiempos en donde el Internet, las redes sociales lo es todo y la comunicación es inmediata y frondosa la ricura escrita se encuentra por doquier, ya sea en la perspicacia de algunos en sus mensajes cortos en Facebook o Twitter a los escritos libres en los blogs o páginas personales.

Una de mis grandes mortificaciones diarias es pasear por “El Cuaderno de Saramago” (uno de mis escritores favoritos) y por los diferentes periodistas españoles, con los cuales me encuentro en un estilo de fetiche, y ver con su “indeleble pluma” arremata contra un tema de tal forma que luego del punto final uno se queda deseando más.

La razón de este post, es que precisamente por Saramago comencé a leer hace poco a Javier Ortiz y hoy, a través del blog del escritor portugués, me entero que el nativo de San Sebastián ha muerto y que tenía ya un tiempo sufriendo de una salud precaria.

Ortiz, al igual que Juan José Millás (que hoy también me entero es uno de los favoritos de Saramago, uno de los míos también), tiene una forma peculiar de escribir, directa y corta, sin muchos rodeos en solo unos cuantos párrafos te deja añorando por unas líneas más.

La genialidad de Ortiz no se detuvo en su cantidad de escritos y obras publicadas, en su mente pareció destinarse la idea de que era imposible que alguien que no fuera él hablara de su vida y su muerte la cerró con su propio obituario.

Mis escritos han recibido elogios, criticas negativas fuertes (por lo menos está última han sido muy pocas). Qué escribo demasiado, que se me pasan algunas faltas ortográficas, pero a fin de cuentas me siento feliz porque las personas que leen está bitácora han quedado encantada con la mayoría de mis escritos (modestia aparte).

Empero, es de mi más fuerte interés llegar a un estándar similar al de estos grandes, por eso me frustro cada día el hecho de haber estado en un periódico directamente (aunque si he hecho trabajos para ese tipo de medios) pero no desestimo la idea de entrar a una sala de redacción como un “platano verde” y comenzar desde cero.

Los dejo con el obituario de Javier Ortiz, que también puede ser encontrado en el blog de Saramgo:

OBITUARIO

Javier Ortiz, columnista


Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.

Así que en ésas estamos (bueno, él ya no). Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía -lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía-, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)

La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras -ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo-, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.

Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.

A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas -algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos-, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.

A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia -ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París-, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca -y sea, de hecho-, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.

Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander… Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación -y Mar, y Mediterranean Magazine- y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones… Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.

Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.

En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.

Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.

* * * * *

Vale destacar mi amor platónico por Pilar del Río, la traductora y pareja de Saramago, que todo tiene que ver con el hecho de que este escritor ocupe un lugar especial en mi vida y que de seguro tiene que ver mucho con lo que sale publicado en su blog.

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