Pocilga

0 comentarios
Ella prende un cigarrillo sin importarle nada; como si no fuera suficiente con la peste a alcohol, a humo y a sexo que emanaba del cuarto. Tenía ganas de decirle que aquí no se fuma, o que los únicos que fuman somos yo y quién se acuesta conmigo. Pero a ella no le importaba, no sé que odiaba más, que ella conociera lo asqueroso que yo era o que ella podría serlo también sin ningún problema y verse irresistible mientras lo era.

En la palestra pública

0 comentarios

Él no sabía lo que pasaba, nunca había visto tantas luces de cámaras fotográficas, pensó en sonreir un poco por sentirse como una estrella de cine, pero sabía que no era prudente, no estaba allí por ser una estrella sino por otra cosa.

Una masa de personas frente a él levantaban las manos alborotados, cada uno peleando una oportunidad para hacer una pregunta. - ¿Quienes son to´ eto loco y que coño le pasa a ello? - se pregunta él mientras una moderadora le da la oportunidad a una de las manos flotantes.

-¿Qué pasaría si llegan a un sitio y no hay nada escrito para ustedes?- pregunta una silueta que por la voz reconoce que es un hombre pero que todas las luces no lo dejan ver.

Bueno - con la voz un poco titubeante continúa - que se la “vandeen” allá en la oficina eso no es culpa mía.


“¿Vandeen? ¿qué es vandeen?” - pregunta otro sin esperar su turno.


Eso es cuando uno se la busca, que resuelvan como pueda - dice Él, “el muy inteligente”.


Las masas cada vez piden con lo que parece un millar de manos levantadas la oportunidad para continuar haciendo preguntas a este individuo que no entiende que hace en esta situación.

- ¿No le parece a usted mejor, escuchar lo que tiene que decir una persona antes de preguntarle lo mismo? - pregunta otro, este un poco más directo que el anterior.


-Lo que pasa es que le hablan a demasiada gente entonces uno no entiende, además a uno no le interesa todo lo que dicen- responde Él ahora con más seguridad - próxima pregunta.


La moderadora le pasa la palabra a un periodista que, siendo el más tranquilo del grupo, se encontraba desde el primer momento sin bajar la mano. Usted, pregunte - le pide la moderadora.

¿Es inevitable para usted esperar terminar su trabajo antes de comer? 


Ya el aire de “sabelotodo” y de seguridad se habían hecho de Él y como si fuera obligatorio hacer énfasis en la respuesta que le seguía se levantó, apuntó con el dedo a quién parece haber osado hacer tan disparatada pregunta y le dijo:


¿Qué lo que tu quiere, que se enfríe la vaina?


Inmediatamente las manos cesaron de tratar de alcanzar el aire y solo se oía los trazos del lapiz sobre las notas que llevan los periodistas en sus bolsillos. Solo destellaban algunos “flashes” y Él no lograba percatarse que todas las cámaras de video ahora se daban el placer de devorar lo más intimo de su rostro.


Él....él era un periodista dominicano.


Qué cosa más rara el Internet

2 comentarios

Para estas alturas del 2010 es difícil pensar en manejarse sin las “facilidades” que te presenta una conexión al Internet y la historia no cesan cuando una persona “sufre” el hecho de pasar varios días sin el servicio en su casa o actualmente en su teléfono móvil. Yo como trabajo desde mi casa y tiendo a olvidar mis responsabilidades ya recibir pagos tardes sufro ocasionalmente de este dolor.

Hoy precisamente les hablo después del letargo más largo que he durado en años sin el “oro tecnológico” que es hoy día el Internet. 5 días.

Con la cantidad de historias sobre el hecho de no tener el Internet y las horas que le dedico al mismo entre actualizaciones de páginas, correos, trabajos y claro las constantes distracciones (buenas todas en mi caso) que me brindan Facebook y Twitter, pareciera que este sería el momento indicado para agarrar la cabeza e introducirla en la licuadora, pero no fue así.

A falta de tan preciado tesoro, recurrí al viejo hábito de escribir a mano en libretas y hojas que siempre termino botando (no intencionalmente) porque he aquí una de las ironías de prescindir de este servicio (de nuevo en mi caso), sin el gozo de ninguna de las distracciones que se disfrutan con el servicio para mi era inútil trabajar desde mi querida máquina a menos que no fuera la corrección de fotos o mini diagramación de textos de algún cliente fugaz. Claro también la energía eléctrica hace que uno pierda el interés completamente de esforzarse a prender el computador y creanme así como el servicio de Internet se me fue negado por malapaga, la innegable luz dijo: “aquí no me necesitan”.

Entonces entre el calor y su hermana: “la calor”, yo me refugiaba en libros y escribir en esas hermosas libretas amarrillas o unas endemoniadas que lucen el logo de mi antiguo empleo (como muchos mi labor favorita era robarme el material gastable) y entre una y otra rara vez salía de mi cuarto, prefería quedarme en casa a ver películas cuando llegaba la luz y me acostaba temprano (la acción de acostarse raramente implicaba dormir o aquella acción hermosa que puede estar pasando por su cabeza, o por la mía inmediatamente escribí esa última línea) para cada día repetir una rutina que a fin de cuentas no me molesto mucho.

Empero, este tipo de asunción de: “todo está bien aunque no haya Internet” se comprobó errónea cuando tuve la oportunidad, en un trabajo, de disfrutar del Wi-Fi en mi celular. Allí todo cambió y me di cuenta la falta que me hacía, por las distracciones claro porque el trabajo fluía (…) recuerdo, como al tercer día, haber llegado adonde un cliente con un boletín pequeño escrito completamente en una de esas hermosas carpetas amarrillas para ser digitado en una de las computadoras de su pertenencia, al ver esto el pregunto: ¿y que pasó? – justo cuando iba a responder la estupidez de decir que tenía el Internet cortado atiné a decir que tenía mi computadora en revisión. !Ay el “Infernet”!.

Pero nada, ahora devuelta a la labor, dependiente de mi querida Vesper (mi computadora) y de mi fiel “amigo” el Internet, claro, siempre y cuando doña Bella (la luz) me deleite con su presencia.