El sol se nos venía encima cuando me aventuraba a tomar un carro público. La calle era un campo de batalla, el sábado por la mañana acababa de convertirse en un lunes por la tarde, todos te miraban mal y la temperatura desafiaba cualquier bañado. Dentro del representante del transporte público que me tocó, el chofer ya peleaba porque yo apenas era el segundo pasajero que ocupaba su “amplío” vehículo. Mi colega estaba sentado al frente, de franelita blanca y jeans roto, bromeaba con el chofer sobre la desdicha que le ha tocado vivir con dos malagredicas [sus palabras] a la que él mantiene “eso maldito celo me tiene jarto papa” le dice al chófer mientras yo solo sonrío [por vergüenza, no dándole la razón] – “verdad que sí montro” se voltea extendiendome la mano, yo por cordial le respondí el saludo. Luego de varios intentos por recoger uno que otro pasajero, el chófer, visiblemente molesto por el parloteo de su copiloto, se prepara a recoger a dos chicas que desde la distanci...